En 1982, la película Blade Runner imaginó el futuro situándolo en noviembre de 2019, en Los Ángeles, una ciudad dominada por la cultura asiática, que, según las predicciones de entonces, sobrepasaría económica, demográfica y tecnológicamente a Estados Unidos.

Una ciudad altamente contaminada, superpoblada y sin horizonte, negado por los rascacielos, la publicidad ubicua, la ausencia de animales y naturaleza. Un espacio artificial hipertecnologizado en el que el ser humano ha logrado instaurar un potente modelo de simulación, sirviéndose de la imagen hiperreal de alta definición y de la manipulación genética para simular lo real, para profesar esa suplantación y alcanzar ser «más humanos que los humanos».

Un territorio colonizado por lo impersonal, la inmediatez sin cercanía, el aislamiento y la ausencia de empatía. Un espacio en el que la sobreinformación está al servicio de la incomunicación, la hiperactividad mental al servicio de la máxima desconexión entre los cuerpos, y en el que la sobreexposición es una forma de borrado: todo es o puede ser el reflejo de un reflejo de un reflejo, tras los cuales, muchas veces, ya no hay nada. Un algoritmo, acaso. Inteligencia artificial. Puro anonimato. Nada.

¿Acaso estamos hablando del presente?
¿Soñamos, también ya nosotros, con ovejas eléctricas?

Diego Bagnera, Nexus 7.

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